RELATOS DE TREN. Almudena Muñoz Lozano

Seguimos con la publicación de relatos que tienen al tren de protagonista, de una manera u otra. En este caso se trata de la bastetana Almudena Muñoz Lozano, persona muy comprometida con la vuelta del tren a nuestra comarca, que pone palabras a lo que muchos sentimos.

“Desidia, la droga del pueblo” Almudena Muñoz Lozano
Su corazón ya no calentaba como el de un hombre, le sobraban hasta los besos. Triste muñeco que en la cueva del polvo encontraba su respuesta. Decidió apostar con el diablo a los juegos de la perdición, donde se gana una dosis y se pierde un perdón. Con un suave manoseo el anticristo carcome su cerebro y lo espolvorea como quien pierde un te quiero que un día fue sincero. Desordenadas sus ideas, pero constantes sus viajes a la estación, pedía billetes sólo ida, que le alejaban poco a poco de su vida. Lo hacía con brío. Necesitaba ese gélido aliento diario. Sin un destino, solo pretendía consumar un viaje en el tren del olvido.
Yo vi al loco llorar, y estampar su trabajo, logros, recuerdos con furia en su maleta… que viajaron dentro de ese tren, ese último tren. Ahora en vano, quién sabe dónde fueron a parar. Difícil rastro ya, para aquel último trayecto que como una escoba borraba las vías a su paso y dejaba en todo el altiplano un silencio sobrecogedor. El revisor hizo de sepulturero; cada billete Baza-Olvido que picaba caía en sus manos con el mismo aplomo que un puñado de arena mojada. Pocos golpes sobre la mesa. Mucha desidia. Los vagones acomodaban a una individual muchedumbre de boca cerrada. Sin duda la empatía no era uno de los pasajeros. Y ahora se entonan llantos de versos.
¿Dónde está? Ni él lo sabe. Preso de su dueño en la Plaza San Francisco, que como un titánico niño baila brutamente una marioneta en la calle. Callejeando, haciendo del tropiezo la danza de sus rasgadas ropas, su castigada piel y sus ligeros andares. Un “tragiteatro” a pie de calle con aforo abierto. Ejército de ojos que lo ve y resopla amargo por el extravío de ese tren.
Pero si un instante de cordura asoma a su mente, quisiera besar unos labios, los de la mismísima muerte, solo así viviría eternamente. Como un esporádico halo de luz, anhela escuchar un chirriar de fragua procedente de un roce de ruedas chispeante por las vías del pasado. Desearía llegar a tiempo, volver a esa estación, verla funcionar y otra vez para pedirle a ese joven taquillero un último billete, pero esta vez ruta Olvido-Baza. Con el único motivo de apear su maleta y encaramar su corazón. Ser dueño de su latido.
Lástima que las carcajadas de su insensato amo sean más y más fuertes cada vez.

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